viernes, 10 de agosto de 2018

SOBRE VICTORIAS Y DERROTAS.. (no interesa quien lo dice, sino más bien lo que dice)




Por: Antonio Caponnetto
Si los buenos cristianos y los buenos patriotas –que está visto quedan aún en la Argentina- necesitan un día de fiesta, pues que ese día sea ayer, 8 de Agosto de 2018,o tal vez hoy, el día siguiente al rechazo del aborto en la sesión del Senado.
No seremos nosotros los agroicos o aguafiestas. Que suenen bombas de estruendo, se enciendan fuegos de artificio y se den gracias al Cielo. Sobre todo esto último, que mucha falta nos hace. Que quienes tanto se esforzaron por argüir y obrar rectamente tengan su merecida confortación.
Nuestro análisis sin embargo –dolorosa y respetuosamente lo decimos- difiere del de los festejantes.
En primer lugar porque tiene razón Macri cuando dijo que cualquiera fuese el resultado de las votaciones de ayer, la ganadora era la democracia. La democracia, en efecto, impuso sus pautas, ritmos, criterios, tiempos y modos. Dominó la escena todo el tiempo, secuestró las voluntades y las inteligencias de la ciudadanía, obligó a que se le pagara tributo y se le arrojara incienso, tomó examen a los expositores, igualando la opinión del sabio con la del caníbal, la de la madraza con la de la ramera, la del científico probo con la del guarro patán; y probó lo que quería probar: todo es debatible; todo puede ser obligado a pasar por la criba de la ley del número; todo es susceptible de ser sometido a la inexorable voluntad de las mayorías. ¡Todo, entiéndase! Hoy el asesinato de criaturas, mañana la existencia de Dios. Y no se tome esto último como metáfora retórica, puesto que ayer, entre el verderío infame que poblaba la Plaza del Congreso, hacían filas para apostatar, convocados formalmente por una agrupación que se dedica a tamaña estulticia. ¿Cuál puede ser el impedimento de llevar a los escaños del parlamento la votación acerca de la existencia o inexistencia de Nuestro Padre?
Que Macri tenga razón en lo que dijo significa dos cosas. La primera que se trata de un inmenso, gigante, sórdido y unánime hideputa. La segunda, que la democracia es una perversión inherente, de cuño demoníaco. Sí; demoníaco, no menos; pues su sustento primero y último es la sustitución de la Soberanía de Cristo por la Soberanía del Pueblo.
Por siete votos y hasta no mucho más allá del 1 de marzo del 2019, el aborto no será legal; excepto en los casos en que ya lo es sin que muchos se den cuenta, o en los casos en que sea ampliada su despenalización, cosa que sucederá casi de modo inminente. Este es el patético y trágico triunfo de ayer, más allá de las hipérboles naturales y sobrenaturales de tantos piadosos y admirables corazones. Siete votos, durante un par de meses, hasta que sean sustituidos por otros dígitos, otros guarismos o porcentajes.
Si esto se toma como una victoria analogable a Lepanto u a otras batallas mitológicas o reales de la Cristiandad, alguien está necesitando pronto un baño de realismo, o un repaso de la historia universal. Si este civilizado disenso de los siete senadoritos –sin osar escupir ninguno de ellos el rostro masónico de la corrección política- los convierte en valientes senadores, pues devaluada y flaca anda la fortaleza. Buscar causales místicas o épicas donde no las hay, es tan grave como negar ambos factores cuando realmente existen y, sobre todo, cuando realmente hacen falta. Tenemos una involuntaria experiencia al respecto.
En paralelo al degenerado Macri, el funcionario eclesial Poli coronaba su homilía vespertina diciendo: “El debate parlamentario sobre la legalización del aborto ha sido un saludable ejercicio de la democracia”. Y tiene razón. Si algo vigorizó, tonificó y dio salud a la democracia fue el desfile incesante de quienes le rendían pleitesía y validaban su legitimidad, esperando prolijamente el veredicto de las cámaras parlamentarias, y calculando los sufragios uno a uno. Por cierto que fue un saludable ejercicio de la democracia; como la fornicación múltiple es un saludable ejercicio del aparato sexual y el latrocinio serial otro saludable ejercicio del hábito rapiñero.
Que Poli tenga razón, y que en su sesera de módico heresiarca, la acción de poner en debate si la Ley de Dios se pueda violar o acatar, según los votos fluctuantes, sea una acción saludable, prueba lo que ya sabíamos. Que se trata de un reverendo felón, de un cobarde sin atenuantes, de un ignorante culposo y de un pastor insensato que se pastorea a sí mismo. Como el Focito que imaginara Hugo Wast o el Panchamplas de Castellani, sólo le rinde culto a la deidad monstruosa del demos pero no al Dios Uno y Trino.
A grupas de Poli, la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, acaba de sacar un nuevo comunicado –hoy, jueves 9 de agosto, mientras escribimos estas líneas- titulado nuevamente “Vale toda Vida”, para refocilarse con la constatación de que “el diálogo ecuménico e interreligioso ha crecido en este tiempo”; aclarando que han “participado del debate sin considerar enemigos a quienes pensaran distintos”. Lo cual también es cierto. Y ratifica vergonzosamente la prueba de que para estos turiferarios del Régimen, quienes son servidores del Mundo, del Demonio y de la Carne, ya no deben considerarse enemigos, como fue siempre enseñanza de la Iglesia, sino amables contertulios en la amplia y frondosa mesa del sistema liberal.
Bergoglio escuchará sus deseos y les modificará en breve el Catecismo; y en adelante todo católico que tenga por enemigos públicos de la Cruz a quienes así desembozadamente se exhiben, del modo más agresivo e infernal, será tenido por un pecador contra el Undécimo Mandamiento: Amar el diálogo ecuménico por sobre todas las cosas.
Para que este breve y provisorio análisis sea justo, dos cosas más necesitamos decir. Y a ambas le atribuimos especial importancia.
La primera es que no se nos escapa la cantidad y calidad de bienes concretos que han desplegado en estos dos largos meses de campaña los llamados sectores providistas. Siempre que marcamos matices diferenciadores con ellos, nos preocupamos simultáneamente por dejar a salvo la bondad de sus intenciones y el sacrificio de sus conductas. Tememos incurrir en omisiones si intentáramos una lista de esos bienes y bienhechores. Pero ayer, en las calles de Buenos Aires, bajo un clima espantoso, pudimos constatar con gozo ese espíritu y aún ese cuerpo.
Curas, laicos, chiquillos, críos, familias, profesionales, jóvenes, adultos, gauchos, malvineros, provincianos curtidos, trinitarios fieles, parroquias, instituciones, colegios. La más amplia y lícita diversidad de los sectores sociales se hizo presente. A pesar del aparato oficial abortero y de las poderosas usinas internacionales que lo sostienen. A pesar de la promoción coactiva del crimen, de la contranatura y del satanismo. A pesar de los mil pesares, se hicieron presente, para defender el sentido común: hay vida humana inocente dentro de un vientre materno fecundado por un padre. Nadie puede segarla sin ser llamado asesino.
Este esplendor del sentido común, acompañado del despliegue de una devoción religiosa tan simple cuanto robusta, es, a nuestro juicio, la única victoria profunda y seria y esperanzadora que se puede apuntar como tal. Que no es de poca monta. El triunfo no es que no fue ley lo que podrá serlo mañana, cuando los malditos y fluctuantes votos, cambién de urnas. El triunfo no es que el aborto no haya sido legalizado, porque acabará por serlo, de un modo velado o frontalmente. El triunfo no es, insistimos, que se participó y se ganó; porque participar de las reglas de juego del burdel es decirle a las madamas y a los proxenetas que sus actividades son respetables.
El triunfo es que toda la inmundicia partidocrática, la fetidez democrática y la nauseabunda marea feminista –impuestas coactivamente desde las redes sociales, con el empuje principal de la intelligentzia judaica- no hayan logrado extirpar por completo los vestigios de la sensatez y de la piedad. Esos vestigios deben ser alimentados y en lo posible acrecentados, con un gran esfuerzo pedagógico y apologético sostenido y solvente. De lo contrario, la ya extendida marea de la putrefacción ideológica acabará imponiéndose aún sobre estos vestigios o huellas de genuina salud nacional.
Y llegamos a lo segundo y postrero por decir, al menos en este apunte redactado a tambor batiente. Hablamos de la perentoriedad y de la urgencia de un gran esfuerzo pedagógico y apologético sostenido y solvente. La experiencia nos dice que da frutos abundantes y benditos; y que si no hubiera modo de faltar a la modestia al enunciarlos, este sería el momento de pormenorizarlos al proverbial son del Non nobis. Del mismo modo, si no hubiera modo de quebrar la discreción al decirlo, este sería también el momento para narrar las peripecias y las cruces que tal tarea nos significó.
Dimos la cara. Pusimos siempre nuestros nombres y apellidos. No nos quedamos de brazos cruzados detrás de ninguna pantalla, pues ni siquiera existían cuando nos lanzamos al ruedo. Fuimos y vinimos sin descansos por todas partes, llevando la luz heredada de los maestros. Lo perdimos todo. Nos reservamos nada. Nos gastamos y desgastamos. Y seguimos en batalla, malheridos, casi lisiados. Viejos, ¡vaya desdoro en tiempos de efebías quirúrgicas!
Quienes desde hace cuatro décadas largas venimos intentando cooperar con esta iniciativa testimonial y docente, dejando en el camino jirones del propio cuero, somos acusados –no más que por un grupúsculo de anónimos y cobardes escribientes, es cierto- de inmovilistas o de abstencionistas por los recientes descubridores de la pólvora de las movilizaciones callejeras o políticas. Si fuera por ellos tendríamos que estar afiliándonos en masa a algún partido providista, que sin duda ya se le ocurrirá a algunos formar.
Buscarán insensatamente la legitimación democrática, que es la única que no nos sirve. Porque si sentamos el precedente de que está bien festejar y aceptar que el aborto no es ley por siete votos en contra del mismo, mañana habrá que aceptar sumisos lo contrario, si esos siete o setecientos mil votos revierten su destinatario. La razón del número es siempre la más enclenque, la más fluctuante, la más fugaz y tornadiza.
No somos inmovilistas ni abstencionistas, quede dicho. Y aunque se escandalicen los timoratos, les sobrevenga algún soponcio a los burgueses y nos censuren los flojos de tabas, seguiremos diciendo que si hay guerra – y la hay- más quisiéramos poder imitar el ejemplo de Godofredo de Bouillón que el de los rockeros evangelistas, el de los católicos ghandianos o el de los partidócratas del toda vida vale.
No hay bravata alguna en este anhelo bélico que manifestamos. Porque no nos estamos proponiendo como modelo de una capacidad que no tenemos, sino como predicadotres de un deber ser paradigmático, al que nunca se debe renunciar. Mucho más que lo que el hombre ha sido, lo que el hombre ha querido ser, da la pauta de lo que el hombre es. Y lo que el hombre ha querido ser ya no es lo mismo, si ese querer ser lo marcan los demócratas que los Caballeros Cruzados.

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