sábado, 26 de enero de 2019

INEPTO, PREPOTENTE, PERVERSO



Por Juan Manuel de Prada
ABC -14/01/2019

Afirmaba Santo Tomás que el Gobierno debe confiarse a quienes exceden en virtud e inteligencia al común de los mortales. No hay gobierno digno de tal nombre sin un sentido natural de la jerarquía o una anuencia de los espíritus que reconoce y encumbra a quien descuella sobre los demás. Encumbrar lo que es de naturaleza inferior es siempre una monstruosidad; pero aún en la monstruosidad hay grados.
Los clásicos distinguían tres tipos de gobernantes dañinos; el inepto, el prepotente y el perverso. El gobernante inepto es achaque propio de las monarquías, sobre todo si son hereditarias (pero también de las electivas, si quienes eligen son memos o malintencionados). De vez en cuando, hasta en las estirpes más egregias, surge un hombre débil con pocas dotes de mando, con pocas luces, con poca energía, con poca capacidad de sacrificio. Y a estos hombres, precisamente porque tienen poca autoridad, les gusta exagerarla, del mismo modo que el hombre alfeñique y pichafloja suele ser también el más rijoso. Como tienen la íntima convicción de no merecer el mando, se vuelven mandones y aspaventeros. Pero sus aspavientos dan más risa que miedo.
Mucho más temible que el gobernante inepto es el gobernante prepotente, que es achaque propio de dictaduras. Al gobernante prepotente lo caracteriza el apetito de poder, el placer de imponer su voluntad sobre los gobernados, que es una concupiscencia aún más peligrosa que la carnal. Al concupiscente de pasiones carnales, una vez satisfechos sus apetitos, lo invade el hastío; mientras que el concupiscente de poder, una vez satisfecho el capricho de alcanzarlo, quiere perpetuarse en él, incluso endiosarse, como hacían los emperadores romanos. Inevitablemente, el gobernante prepotente perpetra todo tipo de manejos para satisfacer su ansia de mando: oculta o simula sus fracasos, recurre a la intriga, la mentira y la venganza, se rodea de una camarilla corrupta; y, en fin, envenena la convivencia, hasta hacerla irrespirable.
Pero todos sus desmanes no son, sin embargo, tan dañinos como los del gobernante perverso, tan característico de las democracias. El gobernante perverso es una «voluntad pura» que sólo se nutre de sí misma; y en su ebriedad puede llegar hasta la voluptuosidad de destruir, pues la destrucción es el acto supremo de dominio. Al gobernante perverso le gusta destruir todo en derredor, convirtiendo al prójimo en instrumento de su ansia de dominio: es un felón que hace concesiones y pacta oscuros contubernios con los enemigos de su pueblo; es un sacamuertos que disfruta resucitando odios ancestrales; es un corruptor que obtiene un placer supremo pervirtiendo a sus gobernados. Para que su perversión pase inadvertida y se convierta en hábitat natural, envenena las fuentes educativas (para que los niños sean el día de mañana jenízaros dispuestos a defender la perversión con uñas y dientes) y envisca a sus gobernados entre sí, alentando todas las formas de demogresca posibles, incluso las que afectan a las formas de solidaridad más necesarias para la supervivencia de la sociedad, como es la solidaridad entre hombres y mujeres. Detrás del gobernante perverso anida siempre la úlcera del resentimiento, la más turbia de las pasiones humanas, que -como la adicción a las drogas- necesita de constantes satisfacciones que no hacen sino exacerbarla más. Y nada satisface más al gobernante perverso que anegar con la pasión turbia del resentimiento al pueblo que gobierna, enviscando a ricos contra pobres, a mujeres contra hombres, a andaluces contra catalanes. Pobre España, en manos de gobernantes perversos (que, para más inri, son también prepotentes e ineptos).

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