jueves, 3 de septiembre de 2026

MULTITUDES DE ESPAÑOLES PROTESTAN POR LA INVASIÓN MUSULMANA EN LAS PLAZAS DE CEUTA Y NI UN OBISPO SE HIZO PRESENTE

 


Mil plazas llenas al mismo tiempo, un bosque de banderas de España de Cibeles al Pilar, y un solo grito de norte a sur: «Ceuta no se vende, Ceuta se defiende». No se veía nada igual desde el otoño de 2017, cuando el desafío separatista sacó a la calle a una nación que parecía dormida. El pueblo español tarda en reaccionar. Pero cuando lo ponen en jaque, reacciona. Ayer volvió a hacerlo — solo, sin sus pastores.

Hay imágenes que un país solo produce cuando siente amenazada su propia existencia. La marea rojigualda cubriendo Cibeles y desbordándose por Alcalá, Gran Vía y la Castellana. La plaza del Pilar quedándose pequeña, con riadas de gente bajando por la calle Alfonso. Sevilla abarrotada hasta las bocacalles. Ancianos con la bandera al cuello junto a familias con niños a hombros. Y la más elocuente de todas: Ceuta entera —una ciudad de 83.000 almas puso a más de 25.000 en la calle— marchando desde las Murallas Reales, esas murallas que llevan cinco siglos diciendo lo mismo que ayer decían las pancartas.
La última vez que España se miró así al espejo fue en octubre de 2017. Entonces fue el separatismo quien puso a la nación en jaque; las plazas se llenaron de banderas que muchos habían tenido años guardadas en el armario, casi con pudor. Ayer, el jaque venía del sur: una agresión híbrida que el mismo día de la movilización quedaba negro sobre blanco en el informe policial remitido a la Audiencia Nacional, que apunta a una operación planificada con implicación de las fuerzas marroquíes. Y la respuesta fue la misma. Porque este es el carácter de este viejo pueblo: aguanta, calla, encaja durante semanas —un mes y tres días ha tardado esta vez—, parece anestesiado, y de pronto se levanta entero. Como en 2017. Cuando España está en jaque, España reacciona.

Dónde estaba la Iglesia
En ese espejo de 2017 hay, sin embargo, una ausencia que ayer se hizo clamorosa. Ninguna crónica de la jornada registra presencia episcopal en ninguna de las más de mil concentraciones. Ni en Cibeles, ni en el Pilar, ni siquiera en Ceuta. Los obispos, que este verano no han escatimado comunicados, no encontraron una tarde para estar donde estaba su pueblo.
Porque hablar, han hablado. El obispado de Cádiz y Ceuta habló el mismo 30 de julio, con la avalancha aún en curso, para anunciar que las colectas de todas las parroquias ceutíes se destinarían íntegramente a la Delegación de Migraciones. No a los comerciantes que bajaron la persiana por miedo, para las familias encerradas en sus casas, para una ciudad cuya soberanía acababa de ser arrollada. Luego intentaron enmendarlo, pero el temor, los complejos y la dependencia de las lucrativas estructuras asistencialistas de este modelo migratorio fracasado son indelebles ya al episcopado español.
Habló el padre Ángel, aterrizando en el CETI para proclamar ante las cámaras de laSexta que quienes acababan de entrar ilegalmente «son unos santos», porque «nosotros en su lugar haríamos cualquier barbaridad». Ni una palabra sobre las mafias, sobre el papel del régimen alauí, sobre los muertos que la operación dejó en el agua ni sobre los ceutíes. Cuatro semanas después de la canonización exprés, las patrullas del Ejército en esa misma ciudad recibían autorización para portar munición real tras tres emboscadas —pedradas en Benzú, un sargento herido en el Foso Real, botellas de líquido corrosivo—, y la Policía cargaba en Loma de Colmenar.
Habló el administrador apostólico, Mons. Ramón Valdivia, para describir a los llegados como «misioneros de la esperanza que ensanchan nuestro corazón» —mientras su propia grey contaba pérdidas y pedía protección.
Y habló, sobre todo, el aparato de Migraciones. El Departamento de la CEE, Cáritas y el Servicio Jesuita a Migrantes dedicaron agosto a exigir que no se «politizara» la crisis y a desmentir —antes de investigación alguna— todo vínculo con la regularización masiva que la propia Iglesia apadrinó. El informe policial que ahora obra en la Audiencia Nacional los desmiente a ellos. El único que llamó a las cosas por su nombre fue el presidente de la Conferencia Episcopal, Mons. Luis Argüello —«la invasión de Ceuta es un test. La demografía es un arma»—, y su propio aparato se apresuró a sepultar el diagnóstico notas de tono contrario.

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