Finalmente, la Peregrinación a Roma de los fieles de la Misa tradicional en latín no pudo entrar en la Basílica de San Pedro a rezar ante la tumba del Apóstol
Sería objetivamente demasiado fácil, e incluso falto de caridad, desestimar con algún comentario irónico y morboso las recientes desventuras de los peregrinos del Summorum Pontificum, fieles al Papa pero rechazados por él y obligados a detenerse a rezar ante el obelisco. Sin embargo, la tentación sería muy fuerte, pues provoca una profunda tristeza la frustración de aquellos que, con la esperanza de obtener unas cuantas misas pontificias con encajes, volantes y capas, han llegado al extremo no solo de «taparse la nariz» (Montanelli docet), cerrar los ojos y amordazarse, sino incluso de acusar, sin el menor pudor, a católicos fieles a la Tradición perenne del cisma.
No pretendo extenderme más sobre estos sucesos tan dolorosos. Simplemente quisiera, si me lo permiten, hacer una simple observación a la que sé que no habrá respuesta. Estas personas nunca pierden la oportunidad de declarar, reiterar y enfatizar que son cum Petro et sub Petro. Al mismo tiempo, sin embargo, afirman con firmeza que no existe un estado de necesidad objetivo en la Iglesia.
Pues bien, si esto es así, Pedro ha expresado sus ideas con absoluta claridad y con hechos, como los recientes nombramientos para sostener e impulsar Traditionis Custodes. Les pide que renuncien a la Misa tradicional y que abracen el Novus Ordo con convicción. Lo ha dicho repetidamente, y sus colaboradores también lo han dicho. Así pues, queridos amigos, sean coherentes. Si de verdad son, en todo sentido, fieles a Pedro, renuncien a la Misa de siempre. Como él pide.

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